Economía de cuidados

Queremos poner sobre la mesa el concepto de economía de los cuidados como fenómeno al cual poner el foco de manera urgente.

Antes de iniciar con las definiciones y argumentos ¿Por qué juntar el término economía con el de cuidados? Dice ser que no hay otro lenguaje en el planeta que sea tan tomado en serio como el de la economía. Quizá de esta forma se empiece a hablar de ello y cobre la relevancia que tiene. 

El concepto de cuidados se refiere al, popular y conocidísimo, trabajo doméstico. Tarea llevada a cabo histórica y tradicionalmente por las mujeres de manera gratuita. Se trata de ‘hacer la casa’ y mantener los espacios limpios y ordenados con tal de promover una convivencia saludable entre sus habitantes cubriendo así las necesidades de los mismos. 

La historia cuenta que las mujeres empezaron a trabajar alrededor de los años 70, pero aquí todas sabemos que las mujeres hemos trabajado siempre, la única diferencia es que hemos pasado del trabajo en el hogar gratuito al trabajo en el mercado laboral remunerado. 

Aquí es donde surge la primera llamada de alerta y reflexión, pues no hemos transferido la carga de trabajo de un lado a otro, si no que una se ha sumado a la otra.

Partiendo de la idea de familia tradicional heteroparental, la mujer ahora forma parte del mercado laboral pero el hombre no forma parte de los cuidados del hogar.

El peso de las tareas domésticas y de cuidados a familiares dependientes sigue recayendo sobre la figura femenina referente en la familia. Bien la mujer se carga con doble trabajo o en caso de poder costearse, el trabajo doméstico recae sobre otra persona contratada a tiempo completo (generalmente mujer), que a su vez también tiene su propia casa y familia que mantener. Y así una complicada red de cuidados infinitos. 

En términos económicos, el trabajo doméstico que realizamos las mujeres, al no tener resultados palpables o tangibles que contabilicen en el PIB (Producto Interior Bruto) de un país no se contempla como promotor del crecimiento del mismo, traducido en términos más sencillos, no es valorado a ninguno de los siguientes niveles: político, económico, social, cultural, etc. Principalmente porque este indicador -el PIB-, que mide la riqueza que genera un territorio concreto en un período de tiempo determinado, está inventado por el hombre económico. Y hecha la ley, hecha la trampa.

Como bien dice Katrine Marçal (2013) el hombre define el mundo y la mujer es lo otro, todo lo que él no es, pero de lo que él depende para poder ser lo que es. Así como hay un <<segundo sexo>>, hay una <<segunda economía>>. 

Todo lo que aprendemos sobre ser mujer o lo asociado tradicionalmente a lo femenino es lo opuesto a lo que el hombre ha construido alrededor del concepto de economía o productividad.

Es decir, la economía niega el cuerpo, los sentimientos, la dependencia, el contexto, la naturaleza, la intuición y todo lo que se asocia a lo femenino para posicionarse como ser racional, no dependiente, inteligente, etc. Cuestión totalmente refutable ya que… 

¿si los hombres con altos cargos de responsabilidad, etiquetados como hombres económicos, no tuvieran una persona que les cocinara, planchara los trajes, y cuidara de las tareas domésticas y familia, ocuparían el puesto que ocupan? 

¿Habrían podido dedicarle tantas horas a su formación para ocupar ese puesto de trabajo? 

Siguiendo en esta línea ¿el trabajo doméstico desarrollado por la mujer no estaría contribuyendo al mismo nivel al crecimiento económico de un país? 

¿Acaso al hombre económico no le afecta emocionalmente lo que sucede en su entorno, será de piedra?

Como dijo Manuel Castells (catedrático en sociología urbana) en su libro City, Classs and Power (1978):

Si el sistema aún funciona es porque las mujeres garantizan un transporte no remunerado porque mantienen sus casas, porque hacen comidas cuando no hay comedores, porque emplean más tiempo haciendo la compra, porque cuidan niños ajenos cuando no hay guarderías y porque ofrecen un entretenimiento gratuito a los productores cuando hay un vacío social y una falta de creatividad cultural.

Si estas mujeres que “no hacen nada” dejaran alguna vez de hacer “solo esto” la totalidad de la estructura urbana que hoy conocemos sería absolutamente incapaz de mantener sus funciones.

Éstas son tan solo algunas de las reflexiones de las que partimos para resaltar la importancia de la economía de los cuidados, empezando por la necesidad de observarnos y reconocernos como mujeres sobresaturadas de exigencias en un mercado laboral configurado según las necesidades de los hombres.

Lo cual se traduce en menos oportunidades o facilidades, y en caso de tenerlas, supondrá sacrificar nuestros cuerpos, nuestra ciclicidad, nuestra sabiduría o manera de hacer, con tal de encajar en un modelo y sistema patriarcal-capitalista, que nos quiere en pre-ovulatoria y ovulatoria 24/7. Es decir, creativas, enérgicas, seguras, sociables, comunicativas, a cargo del trabajo remunerado y del no remunerado, de los cuidados de los y las hijas, y también de los mayores.

Mujeres todoterreno en definitiva.

Y partiendo de ahí… detectar las necesidades propias fuera de ser personas a cargo de tareas productivas (trabajo) y reproductivas (cuidados), porque nuestra salud mental, emocional y física también depende de vivirnos como seres individuales con apetencias, intereses, hobbies, etc. de entre otras muchas cosas. Destacando por supuesto la ciclicidad y la influencia de ésta en nuestro cuerpo físico, mental y psicológico como factor transversal y determinante.

Sin olvidarnos de lo urgente que se hace repensar y reconfigurar la forma que tenemos de relacionarnos, repartirnos las tareas domésticas, los roles que ocupa cada persona dentro de una relación y que la definición de éxito, como dice Naomi Wolf, nos deje ser, a todas nosotras, en lugar de tener, hacer, conseguir y ganar.

Una sociedad que en su conjunto no vela por cuidarse mutuamente apoyando tanto los intereses individuales como los colectivos no puede pretender prosperar económicamente, y esto lo defiende muy bien la catedrática de economía y feminista Nancy Folbre. 

En un mundo en que nadie, absolutamente nadie, trata de comprender y respetar los ritmos cíclicos de las mujeres y personas menstruantes al igual que los de la naturaleza, somos nosotras quienes debemos velar por nosotras mismas y nuestras compañeras.

Ser mujeres medicina, conocernos, potenciarnos, acompañarnos y evitar a toda costa lo que el sistema patriarcal-capitalista quiere arrebatarnos: nuestros cuerpos, nuestra magia, nuestros saberes no recogidos por la ciencia, nuestros ritmos acompasados con la naturaleza, etc. porque aún y con todo esto, seguimos siendo el motor, las mujeres todoterreno.

No estamos inventando la rueda. Sólo hace falta reabrir la herida histórica, echar la vista atrás y recuperar reflexiones, estadísticas y relatos que ya en su día rindieron cuentas de que las mujeres, dentro o fuera del mercado laboral, somos el motor de la economía y muchos otros espacios que ocupamos. Y que seguiremos siéndolo, pero esta vez o al menos cuando nos referimos a la economía de cuidados, se hará respetando la ciclicidad y nuestros límites.

En un mundo donde la mitad de la población somos mujeres y la otra mitad hombres, no podemos seguir rigiéndonos por configuraciones estrictamente masculinas. Porque no es real, por mucho que nos hayan intentado convencer de que así es.

Sara Antler.

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