El placer de pasear contigo

Viajar es una de las cosas más placenteras de la vida.

Cada persona tiene una forma diferente de hacerlo pero son muy pocas a las que no les gusta descubrir lugares nuevos, ya sea visitando la ciudad más cercana o cruzando todo un océano para pisar otro continente. Esa sensación de curiosidad, emoción, nerviosismo, ganas e incertidumbre de la buena.

A mí me ha gustado desde siempre.

La emoción creciente de la planificación es de lo que más disfruto. Imaginarme allí mientras veo fotos en el ordenador sentada en la cama e investigo sobre la ciudad hace que cuando al fin estoy allí tenga una sensación como de magia, siento como si fuera realmente imposible en tan poco tiempo estar en un lugar totalmente diferente. Sobre todo cuando cojo un avión y en apenas una o dos horas (que a veces se van en casa tan rápido mirando el móvil con una inercia automática) puedo aterrizar en un país distinto.

Hay muchas cosas que me gusta hacer cuando estoy de viaje: hacer fotos, visitar librerías y tiendas antiguas, subir a miradores, probar la comida típica de cada sitio, aprender alguna palabra del idioma local… pero hay algo que desde hace ya cinco años hago conscientemente en cada uno de mis viajes y que también ahora hago en mi propia ciudad: pasear sola.

¿Pasear sola? Bueno, mejor pasear conmigo.

Es algo que puede parecer obvio, siempre que no vamos con gente y vamos a algún sitio vamos solas, pero yo hablo de pasear de verdad contigo misma. De vivirte ahí en ese momento, en ese paseo, a ti misma en una ciudad diferente y sentir la enorme libertad que te da el decidir cada paso que das y que no das, el poder pararte, observar, recrearte, investigar, perderte… es una auténtica maravilla, al menos para mí.

Durante mi vida he caminado muchas veces sola pero la primera vez que me di cuenta de lo bien que me hacía sentir fue en un viaje que hice con mi (ahora) expareja en Budapest hace cinco años.

Después de pasar toda la mañana juntos de free tour, él se apuntó a una ruta histórica específica a la que no me apetecía ir. Fue el primer momento del viaje en el que nos separamos “tanto tiempo” y el primero de todos los que habíamos hecho antes en el que hacíamos eso.

En ese momento yo no pensaba que eso era nada extraño pero pensándolo ahora con unos cuantos años de feminismo en el cuerpo y con el tipo de relaciones que tengo, me siento muy agradecida por el camino recorrido y todo lo aprendido en él (y lo que queda).

Solo os digo que esas dos horas fueron, si no lo mejor, de lo mejor del viaje.

Tras dejarlo en el meeting point de la ruta no supe bien hacia dónde tirar.

<<¿Y ahora qué hago yo este rato?>>  

Pasé unos minutos un poco perdida e insegura y eso me hizo darme cuenta de que cuando viajaba en pareja lo pensaba todo en conjunto. Pero allí estaba yo, en Budapest, siendo de repente consciente de mi persona y descubriendo otra forma de funcionar y pasar a pasear sola.

Respiré hondo y simplemente empecé a caminar.

Durante ese paseo, me pasaron pequeñas cosas increíbles y casualidades que de alguna forma me iban mostrando que la ciudad iba conmigo, que era ella la que estaba caminando conmigo, la que me recibía.

Aunque un par de veces me vino a la cabeza consultar el mapa, decidí simplemente observar y pasear por donde me fuera apeteciendo. Descubrí el placer de ir a tu propio ritmo, de la libertad y la suerte que supone caminar por una ciudad nueva que está ahí para ti, para ser descubierta y gozada. Para que tú te descubras y te goces

Pero esto que aparentemente parece tan evidente y sencillo tiene razones para no serlo que vienen (nosurprises) del sistema patriarcal en el que nos hemos construido.

Grandes escritoras y pensadoras feministas del pasado y contemporáneas han reflexionado sobre las mujeres que pasean solas sin un destino concreto, sino por el propio placer de pasear.

De hecho, Lauren Elkin acuña en su ensayo ‘Flâneuse’ (Malpaso Ediciones) este término que es una versión femenina de flâneur, el que vaga o recorre la ciudad sin rumbo, que hasta entonces no tenía su correspondiente femenino dado que esta acción se asociaba directamente a los hombres (Machirulos Caminantes S.A).

De entre todo lo que se podría hablar de esto, hay dos temas que me parecen especialmente interesantes. 

El primero es la connotación social aún tan negativa que tiene el pasear sola por el mundo siendo mujer. Estar solas o sentirnos solas ha minado y hecho daño a las mujeres durante mucho tiempo y todavía nos sigue pesando.

El valor propio concebido y vinculado hacia otras personas, hacia lo que ofrecemos, damos, servimos, amamos… pero siempre hacia fuera. Porque como mujer ser y existir como ente propio e independiente todavía no es una opción que se vea natural, que se vea posible sin el juicio o la etiqueta de loca o perdida de la vida. 

Separar a la mujer del ámbito privado, de la casa y los cuidados, nos lleva a la segunda cuestión.

El patriarcado lleva siglos encargándose de que la mujer sea la estática, la que se queda, la que espera a que llegue el marido, la que cuida y sirve sin quejarse, la que se sacrifica y no pide nunca nada.

Así que las primeras mujeres que no solo salieron de casa para hacer un recado y volver, sino que decidieron salir sin más, salir a disfrutar del paseo y de la vida de la calle, también estaban saliendo de su rol y traspasando las fronteras del género con un simple y aparentemente inofensivo paseo; pero para devolverlas a su sitio, se encargaron de construir una sociedad en la que todas aprendieran bien las consecuencias de salir solas, poniendo el foco de la responsabilidad y la culpa en el sitio equivocado.

Y aún hoy, las calles no son nuestras del todo, pues el miedo a pasear sola, a que solo por ser mujer quizá no llegues sana o viva a casa, de cruzarte de acera o evitar caminos oscuros, sigue ahí. Pero a pesar de las horribles estadísticas, seguimos luchando juntas y con más fuerza.

Seguimos reclamando las calles porque nos pertenecen.

Quizá sea sentir esa libertad de pasear sola por la calle, no sólo sin miedo sino con presencia, la que hace tan especial el pasear por el mero disfrute de caminar, de habitar el espacio público que les fue arrebatado a tantas mujeres en el pasado y que tristemente aún sigue prohibido para muchas mujeres en el mundo.

Así que te animo a que viajes cómo, dónde y con quién quieras, pero dejándote un rato para ti y la ciudad; y también en el lugar donde vivas ahora, porque no depende del tanto del sitio, si no de la mirada y la atención que le des a ese momento.

Yo llevo un tiempo caminando por Murcia, de donde soy, y me encanta pasear sola por las calles que he recorrido millones de veces pero con una atención a los detalles que hace que haya rincones nuevos e incluso pequeños locales en los que no había entrado nunca.

No es tan fácil como cuando viajo porque la mente no está tan relajada pero es una práctica que con el tiempo se ha vuelto imprescindible y que, en mi caso, me encanta hacer sobre todo en fase pre-menstrual, que es cuando más necesito despejar la mente y observar y empaparme del entorno desde una energía tranquila y reflexiva.

Pasear sola puede convertirse en una cita contigo misma para recordarte que las calles son nuestras y están para disfrutarlas.

Julia Alburquerque.

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