La culpa como herencia patriarcal

Cuando miro hacia atrás, recuerdo momentos en los que estaba rodeada de mis amigas y nos contábamos nuestras cosas, todas decíamos frases como: tía, es que si hago eso (normalmente algo que deseo o necesito) me siento culpable

Y ese sentimiento de malestar nos impedía, en muchas ocasiones, llevar a cabo alguna actividad que nos hacía ilusión, ir a algún lugar que queríamos conocer, realizar un plan divertido o simplemente expresarnos. Es decir, nos limitaba en cuanto a poder realizar un deseo propio.

Por aquel entonces yo no era consciente de que, en nuestro discurso, esta frase aparecía
demasiadas veces ni de la profundidad y las consecuencias de la misma. Y tampoco tenía
conciencia de donde procedía este sentir que compartíamos como algo colectivo.

Fue cuando llegó el feminismo a mi vida que pude comenzar a reconocer este malestar que para nosotras entonces no tenía nombre, pero que pronto pude ir identificando, nombrando y cuestionándome.

Se llama CULPA.

Entonces comencé a observar cómo prácticamente todas las mujeres de mi alrededor cuando conversaban sobre algún tema cotidiano o un asunto más importante, decían que algo les hacía sentir culpa.

Era muy común escuchar frases parecidas a estas:

“Al final no fui a ese sitio porque me siento culpable si iba”
“No le digo lo que me pasa porque después seguro que me siento culpable”,
“No me venía bien pasar por su casa pero fui porque sino luego sé que sentiría culpa
“Aunque yo quiera hacer esto no lo voy a hacer que luego me siento mal”

¿Te suena? ¿Cuántas veces te has dicho esto a ti misma?
Yo, demasiadas veces…

¿Por qué las mujeres experimentamos con tanta frecuencia e intensidad este malestar que se llama culpa?

¿Por qué sentimos culpa tan a menudo y en situaciones tan cotidianas y legítimas como: necesito una hora para ir al fisio, me gustaría ver a una amiga esta tarde, necesito descansar,tengo hambre, quiero leer este libro, no quiero quedar con mi familia…?

También comencé a preguntarme que función cumple esta culpa que tanto nos limita y nos controla a las mujeres.

Vayamos por partes:

Muchxs autorxs coinciden en definir la culpa como “un afecto doloroso que surge de la creencia o sensación de haber traspasado las normas éticas personales o sociales,
especialmente si se ha perjudicado a alguien”

La culpabilidad, por tanto, surge ante una falta que hemos cometido (o así lo creemos). Su función es hacer creer a la persona que ha hecho algo mal para facilitar los intentos de
reparación.

Así pues, la culpa es un sentimiento que experimentamos todas las personas pero existe una cuestión de género en la frecuencia e intensidad con la que las mujeres sufrimos la culpa.

Cuando una persona nace es, inmediatamente, clasificada como niño o niña. Y comienza
entonces un proceso de aprendizaje social e individual, llamado la socialización de género.

Mediante este proceso aprendemos a pensar, sentir, valorar, comportamos y actuar como hombres o como mujeres, de acuerdo a unas normas, creencias y valores que cada cultura y cada época asigna a unas y a otros.

Si hemos nacido en un cuerpo de mujer, la sociedad patriarcal exige y espera que seamos: coquetas, presumidas, serviciales, atentas, emotivas, emocionales, habladoras, sensibles, afectivas, cuidadoras, delicadas, discretas, prudentes, dependientes, sumisas…

El patriarcado dicta el modelo de mujer con el que tenemos que cumplir si queremos ser aceptadas socialmente. Creamos nuestra identidad de género en base a una identidad femenina tradicional que está basada en ser para los otrxs, ser en función y para el cuidado de las demás personas, estructuradas para dar vida, sentido y cuidado (Marcela Lagarde, 2000)

Sin embargo, la identidad masculina tradicional está basada en ser para sí (Marcela Lagarde, 2000). Los mandatos de género más importantes para los hombres son: ser importante y autosuficiente; ser racional y no emocional; la fuerza física; cierta relación con la violencia, legitimada en este caso socialmente; y la libertad: sexual, social y de movimiento (Bonino, 2002).

Cuando descubrí esto empecé a encajar piezas como si de un rompecabezas se tratara.

He crecido en una sociedad que espera de mí que “sea para un otrx”, complaciente,
obediente, sumisa
, que mis prioridades sean agradar, cuidar, ser sacrificaday esta
disponible (entre otras muchas cosas más). Así que cuando yo me planteo una necesidad o un deseo propio automáticamente se dispara la culpa. Porque yo siento que estoy haciendo algo malo y lo que pasa es que no estoy cumpliendo con el mandato de género.

¡Ojito! que aquí estamos nombrando algo clave, una creencia colectiva: soy mala si pienso en mi y entonces me siento culpable de lo que hago.

Como si tener necesidades o deseos propios fuese algo malo. Como si no tuviera derecho a ello. Entonces podríamos decir que la culpa se dispara para controlarme y que no se ponga en peligro el orden establecido.

No me vaya ahora yo a poner a descansar cuando tengo que realizar las tareas del hogar, cuidar a mis hijxs, solucionar los problemas del trabajo, organizar la compra… y una lista de tareas interminables que siempre se anteponen a mí y que si las dejo de lado me siento culpable, porque no estoy haciendo lo que debería de hacer, porque si pienso en mí es egoísta y me hace sentir culpable.

Y es tan desagradable, que al final aparto mis necesidades y deseos, continúo sacrificándome y gastando mi tiempo y energía en el cuidado de los otrxs.

También entendí que los hombres tengan tanta facilidad para priorizar en sus hobbies y el
tiempo para ellos (algo que siempre me da mucha envidia, por cierto). Han crecido
aprendiendo que tienen derecho a ello, que es prioritario. Por eso, cuando llega la hora de ir a hacer deporte se van sin ninguna culpa porque sienten que están en su derecho.

Sin embargo,nosotras nos vamos a hacer deporte con un sentimiento de culpa como si estuviéramos haciendo algo malo malísimo porque tenemos tareas pendientes o cuidados para lxs otrxs. Porque sentimos que no tenemos derecho a ello, que tenemos que estar para un otrx no para nosotras.

Poner esto en conciencia y entender de donde viene es muy importante, es vital. La culpa es muy peligrosa para nosotras ya que sentirla con tanta frecuencia e intensidad pone en riesgo nuestra salud mental, física y emocional.

Nos aleja de contactar con nosotras mismas, de identificar nuestras necesidades y deseos, legitimarlos y aprender a cuidarnos como necesitamos.

Somos expertas en identificar las necesidades de un otro y satisfacerlas. Pero cuando se trata de nosotras estamos perdidas y desorientadas. Y tiene sentido ¿no? Si no hemos podido dedicarnos el tiempo que necesitamos es porque siempre estás ahí…. maldita culpa.

Y yo digo: ¡BASTAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!

Tenemos que quitarnos la culpa como herencia patriarcal de encima. Verla, identificarla y cuestionarla.

¡Culpa, no tienes derecho a controlarme!

Pensar en mí y respetarme no es algo malo, es algo necesario.
Tengo derecho a mirarme y a respetarme.
Tengo derecho a concederme tiempo.
Tengo derecho a desear.
Tengo derecho a decir que NO, a poner límites.
Tengo derecho a decir lo que pienso.

Así que a partir de ahora cuando aparezcas te voy a cuestionar.

Voy a preguntarte para que apareces y si es para controlarme y no permitirme ser yo misma… no te lo voy a permitir.

Alejandra Rabadán Gil de Pareja.

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