La historia del feminismo en nuestras vidas

El feminismo requiere hacer memoria histórica.

Es necesario poder comprender la historia del feminismo y el camino que otras mujeres recorrieron para que ahora, por ejemplo, yo pueda estar escribiendo este artículo sin miedo a ser detenida.

Hay personas que todavía me preguntan por qué soy feminista y, antes de responder, siempre hago memoria y me contemplo hace años cuando me di cuenta que el feminismo también es sanador.

Entonces comparto con ellxs cómo este movimiento me tendió la mano para no dejarme caer y cómo desde entonces incorporo una mirada feminista en mi vida, en mi trabajo, en mis relaciones… sin apenas poderlo remediar.

Así fue cómo también empecé a investigar sobre la historia del feminismo.

Descubrí a Mary Wollstonecraft, Sojourner Truth, Flora Tristán, Alejandra Kollontai, Simone de Beauvoir, Kate Millet, Betty Friedan, Marcela Lagarde, Celia Amorós, Sara Beatriz Guardia, Judith Butler… y muchas más mujeres escritoras, historiadoras, filósofas e investigadoras feministas cuyas lecturas me ayudaban a consolidar los cimientos de un pensamiento mucho más crítico que el que los libros de texto pretendían desarrollar con la ausencia total de la historia del movimiento feminista.

Y esta investigación la empecé sola. Porque el feminismo no es algo que se enseñe en los colegios, tampoco en las universidades. El feminismo una se lo encuentra gracias a una madrina que te inicia en este campo de sabiduría, a través de la curiosidad o como un acto fortuito que parece caído del cielo pero que llega a tu vida en el momento preciso. En mi caso fue así. Nadie de mi entorno me habló de los roles ni mandatos de género, tampoco de que el sistema estaba construido sobre una base patriarcal ni de qué manera este hecho tuvo repercusiones en la historia universal y por lo tanto, en la construcción de mi propia historia.

No se nace mujer, se llega a serlo comenzaba escribiendo Simone de Beauvoir en su obra El segundo sexo.

La primera vez que leí y entendí esta afirmación fruncí el ceño. Hice una valoración del desarrollo de mi identidad en base al género y me sentí reconocida en esta frase que, a pesar de haber sido escrita en 1949, todavía sigue en vigor. Me balanceaba entre la indignación, el estupor y la incredulidad. Creo que estos son los efectos secundarios que aparecen cuando las mujeres empezamos a construir nuestra genealogía y aunque en primera instancia resultan muy incómodos, también creo que son el paso necesario para sembrar los resultados de esta toma de conciencia.

En El segundo sexo, Simone de Beauvoir hace un recorrido por las diferentes etapas de la vida de las mujeres tras responder a la pregunta:

 ¿Qué ha supuesto para mí el hecho de ser mujer?

Cuando empezó a escribir, su intención no era que esta obra se convirtiera en uno de los grandes referentes del feminismo. Eso ocurrió después, cuando recibió cartas de lectoras de diferentes partes del mundo expresando cómo el haberse visto reconocidas en la lectura les había supuesto entender y poner palabra a muchos de sus malestares. El segundo sexo se hizo feminista a sí mismo, sin intención consciente por parte de la autora y aun así gracias a ella, nosotras también podemos comprender cómo nos vamos construyendo desde la infancia a la edad adulta en base a haber sido identificadas como la otra pues el mundo se hizo a imagen y semejanza de los hombres.

Nuestras madres históricas nos ayudarán a entender la historia del feminismo y por lo tanto a nosotras mismas en base a ella.

Ellas son un referente, un punto de anclaje al que agarrarnos cuando sintamos que la marea está demasiado agitada entre la culpa, la confusión y la incomodidad. Ellas dejaron un legado al que podemos recurrir en casos de emergencia o por el puro placer de zambullirnos en un buen libro que sí nos represente, que sí nos tenga en cuenta.

Gracias a esta herencia, podemos ir reconstruyendo la historia de las mujeres que fue silenciada y teñida de invisible. También podemos comenzar el proceso de revisar la historia más cercana, la nuestra, la de nuestras madres, abuelas y bisabuelas. Porque ellas también fueron esas mujeres que en un contexto social y político diferente al nuestro, tuvieron que sobrevivir en la medida de sus posibilidades.

Fotografía: Adriana Lestido

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