Lo cíclico es político

Qué raro, se me ha adelantado la regla.

Bah, tampoco es que me preocupe, ni que planifique mi vida en torno a ella, o a la sangre, o a mí sangre, o a mí misma, o a algo siquiera que tenga que ver con mi cuerpo. Qué lástima.

Mi cuerpo no encaja en mi mundo.

Y si mi mundo encajase con mi cuerpo… ¿te imaginas?

Qué hermoso, un par de días al mes dedicados única y exclusivamente a hacerme una pelotita bajo una manta peluda y con una almohada caliente con olor a hierbas en la panza.

Quizá en esas condiciones no se me adelantaría la regla.

Como en el confinamiento, que cuando lo exterior se tornó amenaza entre situaciones surrealistas y dramáticas, mi piso se convirtió en algo similar a ese huequito de ratilla, como en los dibujos, con su puertita semicircular, en un paréntesis espaciotemporal nunca antes conocido, lugar cálido de protección y de rutina interior, tiempos en los que la regla nunca fue más regla, puntualidad desconocida en mí.

El privilegio de poder dedicar ese tiempo a organizarme según mi cuerpo.

¿Eso es posible? Qué extraño.

Pero volvamos a este momento: Se me ha adelantado la regla

¿Qué habrá sido esta vez? ¿Qué energías siderales, estelares, lunares, impactan en mi cuerpo, me alteran, me mueven, me cambian, me chocan?

Espera… ¿energías siderales dices? Venga, vuelve a la tierra, pisa el asfalto nena, esto es Madrid, tienes suerte si ves la luna de vez en cuando.

Mis alteraciones quedan mucho más cerca.

Sería mágico que mi cuerpo tuviese espacio para dejarse conectar con la luna, con la naturaleza.

No, mis desórdenes no tienen nada de los cuentos que me hacen desear fluir como animalita libre bajo las estrellas.

Más parecen de un videojuego de acción en el que me han matado muchas veces y de mil maneras, reviviendo constantemente en un agónico ciclo en el que ando buscando, frustrada, trucos revitalizantes.

En fin, volvamos a la pregunta, ¿qué habrá sido esta vez?

Soy arrancada de mi ciclo muchas veces.

Tengo pinchazos cada vez que como la basura que me veo obligada a tragar cuando no tengo tiempo para quererme.

Se me atrasa la regla, como temerosa, cuando los canales mainstream de este país desprenden su discurso de odio, normalizando lo insoportable.

El útero se me contrae con rabia cuando mi sobrino de tres años y medio hace gala de sus primeros mansplaining cuando hago referencia a quienes estamos presentes como todas, y él señala muy resabido que se dice todos y todas.

Tengo sospechosos pinchazos ováricos cada vez que siento el dolor de mis barrios ante el desprecio y abandono de quienes prometieron protegerlos mirando con orgullo patriótico una bandera de franjas sangrientas (la sangre que se nos arrebata).

Me revienta cualquier orden en mis fases cuando aparecen recuerdos intrusivos de experiencias sexuales que nunca deseé.

Nunca llega la calma en mis entrañas cuando el sistema no me permite escapar momentáneamente de mi querida y odiada megaurbe.

Mi útero se torna agresivo y autolesivo cuando soporta en pleno sangrado 16 horas de trabajo, pagado o no pagado. Duele cuando me odio, me duelo entera cuando nos agreden.

Pero también soy devuelta con cariño a mi ciclo de muchas maneras.

Mi cuerpo al completo se autorregula cuando consigo comer una semana seguida de forma sana y equilibrada.

Se me calma el útero cuando leo artículos o escucho programas que aportan un hueco de resistencia, siendo estos posibles al amparo de un colectivo que se apoya día a día para sobrevivir entre la hostilidad.

Los pinchazos cesan cuando mi sobrino de tres años y medio viene corriendo por toda la calle para darme un abrazo lleno de sinceridad al saberse seguro, amado y feliz.

Mi sangre se libera con fuerza y pasión, después de días de resistirse a salir, cuando siento el calor y el abrazo de mis compañeras de lucha en mi barrio.

Todo mi útero se sobrecoge a lo bestia y agradecido, para disfrutar del posterior respiro, tras un orgasmo que llega con ternura.

Llega de nuevo el biensentir en mi cuerpo cuando logro salir de la burbuja urbana y respirar por fin aire fresco, ese que llena de vida.

Mi útero emite contracciones más suaves y casi cariñosas cuando en pleno sangrado me permito recogerlo bajo el calor de una almohada calientita.

Me cuido cuando me quiero, me quiero entera cuando nos arropamos todas, las de antes, las de ahora, las que vienen.

Porque lo cíclico, compañeras, es político.

Se me ha adelantado la regla.

Qué habrá sido esta vez, me preguntaba.

Tendré que empezar a preocuparme un poco.

El cuerpo, mi cuerpo, los cuerpos que soy, los cuerpos que somos. Las amenazas están cerca, los dolores son compartidos.

Y los refuerzos y cariños, también.

Paula Briales.

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